LA IRONÍA DEL DINERO – EDGAR NEVILLE 1955

Edgar Neville: Durante los 5 años de carrera no le estudiamos ni un poquito, se le nombraba y casi de soslayo. 

El Finder como hace muy bien su trabajo que es encontrar… nos regala una peli de este “genio” olvidado – aunque parece que menos ahora – que seguro que es menor en cuanto a su filmografía pero los diálogos son geniales, inteligentes, te sorprenden. Y además nos ofrece imágenes y tipos de una época que a la mayoría le quedan en la alta antigüedad pero que los llevamos todos dentro. Mejor entender y saber primero. 

Además de ser divertida (con un humor inteligente, como era el de aqellos genios)  “cuenta” y nos ofrece humanismo por todos los poros. Para los que compartimos ciudad – sale en uno de los episodios y es una gozada ver imágenes de esos años – se reirán por la imagen tan bien lograda de la mujer. ¡Como para no tener que biodescodificarnos con esa falta de ternura!

Y después de la película incluyo un artículo sobre Edgar Neville. El que después quiera saber más… la red nos ofrece regalos maravillosos. Me he permitido “destacar” estas líneas a continuación donde nos expresa su sentir al tener que vender su Casa, donde había pasado sus veranos de niño y de más mayor… donde había aprendido a ser. Para los de fuera… así también entenderán mejor cómo nos comportamos los españoles ahora… ya lo hacíamos hace tiempo y la fuerza de la costumbre que este cineasta y otros escritores como Jardiel Poncela (¡qué bueno!) combatieron con su arte… parece que es tan grande que nos hace repetir y repetir las mismas “humanadas” (si dijera “burradas” o “animaladas”  no haríamos honor a los animales ni a los burros que son mucho más listos que nosotros y no repiten lo que no les va) 

Qué la disfruten, viajeros

Gracias por brindar la posibilidad de compartirme

“Hoy he tenido que decir adiós a mi infancia y a mi mocedad. Sé que lo primero que han hecho ha sido talar el jardín y el bosque, con ese odio al árbol tan conocido en este país, y ellos, como seres vivos que son, me han dado mucha más pena que la demolición del «palacio», aquellos árboles que colaboraban en nuestros juegos, que daban sombra a nuestros familiares más queridos. 
Es una época que desaparece. Ya no quedará pronto ni el vestigio de lo que fue esa vida sosegada que nuestros padres pudieron gozar. El tiempo ha pasado. Son otros modos, son otras costumbres. Pero da mucha pena”.

Las dos historias de Edgar Neville


En 1995, con motivo del centenario del cine español, la revista Nickel Odeón publicó la lista de las diez mejores películas españolas de la historia. Para elaborarla se consultó a cien personalidades de la cultura entre las que estaban Almodóvar, Javier Marías, Paco Umbral, Antonio Muñoz Molina o Pilar Miró. En el puesto diez había un sorprendente título completamente desconocido para el público: La torre de los siete jorobados. Tampoco el exótico nombre de su director, Edgar Neville, le decía nada a la gente. En Alfafar, sin embargo, la personalidad de este artista sí seguía viva, especialmente en la memoria de los más mayores.

El Neville de mundo
Pero primero acerquémonos al Edgar Neville que desde los Noventa ha sido recuperado para la historia. Nació en 1899 y murió en 1967. Fueron sesenta y ocho años consagrados al arte y a la vida. Una vida apasionante y llena de peripecias, muchas de las cuales tuvieron por escenario Alfafar.
Pese a haber sido un autor de éxito, su nombre y su obra fueron injustamente olvidadas después de su muerte, quizás debido a que sus películas, novelas y piezas de teatro iban dirigidas a la gente en el sentido más amplio palabra. No persiguió un arte intelectual, sino popular, pero siempre respetuoso con la inteligencia del espectador. Quizás ese amor por el costumbrismo es el culpable de que su obra fuera condenada durante décadas a la mazmorra del olvido. Hace veinte años nadie sabía quién era este noble, diplomático, pintor, poeta, periodista, novelista y, sobre todo, dramaturgo y director de cine.

Precisamente es por el cine por donde renació artísticamente hablando. Hoy, en 2011, nadie cuestiona su film La torre de los siete jorobados como una de las cimas del cine español a la altura de El verdugo o Bienvenido Mister Marshall de Berlanga. Esta película de aventuras, misterio, humor, fantasmas y ciudades subterráneas bajo el Madrid más castizo casi parece un milagro. Un milagro que fue rodado en los años Cuarenta, en una España de posguerra, pobre, triste, gris, de cartillas de racionamiento. La torre de los siete jorobados es el exponente de un tipo de cine español que podía haber sido y que nunca fue. Es una película adelantada a su tiempo. Con aventuras, misterio y folletín perfectamente combinados con la cultura popular española. El camino que Neville abrió con esta cinta no fue seguido por otros, de ahí que los críticos la consideren hoy una joya rara y fascinante.
Tanto ha resucitado esta película (hasta los Noventa ni siquiera la habían pasado por televisión) que, gracias a ella, se ha vuelto a editar, y con éxito, la novela del mismo título en la que está basada y que fue escrita por Emilio Carrere.
No sólo La torre de los siete jorobados cayó en el olvido tras la muerte de Neville. La misma suerte corrieron sus otras películas, pese a que muchas de ellas fueron éxitos de taquilla: El baileEl crimen de la calle Bordadores y en especial la inteligente La vida en un hilo. El cine de Neville fue imaginativo, original, chispeante. Sus películas gustaban a la gente.


Había tenido la mejor escuela posible. Después de trabajar como reportero de guerra y de viajar por varios países, Edgar Neville había vivido en Los Ángeles. Conoció de cerca el Hollywood dorado donde cultivó la amistad de Douglas Fairbanks, Mary Pickford y, sobre todo, de Charles Chaplin, con quien mantuvo el contacto toda su vida. En una ocasión Charlot dijo de él que era el mejor conversador que había conocido jamás. Eran los tiempos del primer cine sonoro. Los grandes estudios exploraban el posible potencial del mercado latino y reclamaron guionistas que escribieran en español. Edgar Neville fue una de ellos, pero también estuvieron allí Enrique Jardiel Poncela, Tono y López Rubio. Además, en su primera etapa madrileña conoció a intelectuales de la talla de Ramón Gómez de la Serna y José Ortega y Gasset, quien siempre envidió su vitalismo.
En los años Sesenta, con la salud mermada y vencido por la pereza, ese vitalismo le fue abandonando. Eso no le impidió seguir escribiendo artículos para el diario ABC hasta el final. Uno de los últimos se tituló Adiós, Alfafar. Era su despedida del pueblo donde había pasado los veranos de su infancia y juventud. Y es aquí donde encontramos a otro Edgar Neville, uno más secreto, pero que los testimonios nos permiten reconstruir.


El Neville de Alfafar
Porque la arrolladora personalidad de Edgar Neville se fraguó entre los árboles del palacio que sus abuelos levantaron en Alfafar: el Huerto del Conde. De hecho la actual estación de Renfe era un apeadero que los condes hicieron construir. Así lo recuerda el propio Edgar Neville: “En épocas sin carretera y sin automóviles mis abuelos podían tomar el tren en Madrid a las ocho de la noche y a las ocho de la mañana apearse en Alfafar, a cien metros escasos de la puerta de su casa de campo”.
El palacio tenía dieciocho salones. Neville lo definió como un “disparate arquitectónico”, en el mejor sentido, por tratarse de una construcción de estilo neoclásico con tejados de pizarra en plena huerta mediterránea. Así lo describe él mismo: “El palacio tenía un encanto fabuloso para los que habíamos sido niños en él, para los que habíamos vivido con tres generaciones de la familia, de las cuales ya solamente quedamos dos o tres representantes. Tenía un gran parque lleno de arbustos y de flores y como una especie de árboles gigantescos, con esa exuberancia que permite aquella tierra tan rica”.


Al final de su vida, el cineasta rememoró sus días en Alfafar con conmovedora melancolía: “Allí cada uno desarrollaba su fantasía, y tan pronto se montaba la fabricación del pan de Viena en unos inmensos hornos traídos de Inglaterra como se confeccionaba, en 1910, un biplano sin motor, construido por el carpintero del pueblo con el consejo técnico de mis tíos, que no habían visto jamás ningún avión”.
Neville tuvo que vender la masía en los años Sesenta. Fue una decisión muy dura para él. Sintió que deshaciéndose de la casa perdía una parte de su infancia. Así lo escribe: “Hay recuerdos de los que me ha sido verdaderamente penoso separarme, y es el recuerdo de mi madre dándoles de comer a unas docenas de palomas, que se posaban sobre la bandeja donde les traía el maíz, y la colecta de huevos en los gallineros a la caída de la tarde”.
El Edgar adulto tampoco olvidó nunca a sus amigos de aquellos años, todos ellos hijos de labradores locales. Siempre recordó “los juegos con otros amigos del pueblo las noches de luna llena en el parque, donde la parte iluminada era donde se podía ser atrapado y la parte de sombra la barrera inviolable donde se estaba en seguridad”.
Los amigos de Edgar Neville le recordaban como un niño poco despierto, débil y delicado. Nada que ver con el hombre de mundo en el que se convertiría. Siendo ya adulto, organizaba a veces fastuosas fiestas en sus salones de Alfafar. Por ellas pasaron Ava Gardner o Joan Fontaine. Pero Neville no olvidaba invitar a sus viejos camaradas del pueblo. Vicente Olmos, el Patrisio, cuyo padre mantuvo una larga amistad con el conde, solía contar las divertidas situaciones que se producían entonces: “Edgar les vestía de chaqué y les presentaba a sus invitados como terratenientes o artistas cuando en realidad no eran más que labradores”.

Es sólo una de tantas anécdotas que revelan el carácter bromista de Neville. Vicente Olmos recordaba una no menos graciosa: “Una vez Edgar vino después de un viaje y fue a buscar a mi padre. Eran uña y carne. Mi padre le dijo que tenía que ir a echar tierra al campo y Neville, que había venido en un Cadillac, le dijo que se iba con él. Y se pasaron toda la mañana trabajando juntos en el barro”.
Recluido en Madrid y ya enfermo, Edgar Neville escribió Adiós, Alfafar, el artículo en el que se despedía para siempre del pueblo y la casa que modelaron el carácter de aquel niño. Un niño que entonces ni podía soñar que algún día sería uno de los grandes nombres de la cultura española del siglo XX. Así se despidió del palacio de su infancia:
“Hoy he tenido que decir adiós a mi infancia y a mi mocedad. Sé que lo primero que han hecho ha sido talar el jardín y el bosque, con ese odio al árbol tan conocido en este país, y ellos, como seres vivos que son, me han dado mucha más pena que la demolición del «palacio», aquellos árboles que colaboraban en nuestros juegos, que daban sombra a nuestros familiares más queridos.
Es una época que desaparece. Ya no quedará pronto ni el vestigio de lo que fue esa vida sosegada que nuestros padres pudieron gozar. El tiempo ha pasado. Son otros modos, son otras costumbres. Pero da mucha pena”.

 

Fuente: http://eldiablomedijo.blogspot.com.es/2011/03/las-dos-historias-de-edgar-neville.html

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